viernes, 3 de octubre de 2014

Southampton


Cuando vio cómo la cantante le mandaba una sonrisa a Él desde el escenario, se le hizo un nudo en el estómago.  No podía parar de pensar si a pesar de que Él le había contado su historia de amor, o más bien de no amor con Ella, aquella noche después del whisky se habrían acostado entre guitarras con la excusa de ayudarle con las estrofas y las rimas. Él no tenía ni idea de música, pero era un buen novelista.


Ella estaba en la ciudad de visita y Él había insistido en ir a unos de sus pubs preferidos, tenía música en directo y había sido el primer bar al que había entrado cuando llegó a vivir allí. Además estaba cerca de su casa. Él no sabía o fingía no saber que Ella había leído la historia de aquella noche del mes de septiembre. Ella no quería decirle que después de un año no había podido contenerse y que con los ojos entreabiertos cual niño viendo una película de miedo, había accedido a los pensamientos que Él enviaba a la nube de la que Ella tenía la clave. Tampoco quería tener que aceptar que entre aquellos escritos había leído uno que no era para Ella, si no para un amor anterior que como el suyo no había llegado a ninguna parte. No quería tener que oír que la historia de la cantante tampoco hablaba de Ella. Tampoco que Ella no había sido su única amante (en su cuarta acepción de la RAE) y que en la cola de espera estaba también la cantante inglesa. Escucharon el concierto y sin decir una palabra, volvieron a casa. Ella durmió en el sofá.

lunes, 12 de agosto de 2013

Siempre bebían agua, natural.

Siempre bebían agua en las comidas. Como su historia conjunta tuvo lugar en Barcelona, natural, que para quien no haya convivido con las gentes de lengua catalana, significa a temperatura ambiente.
Desde la primera noche en que caminaron juntos a las 5 de la mañana por el Barrio Gótico se dieron cuenta de que esa no era la única coincidencia. En cada conversación descubrían una cosa nueva que tenían en común. La preferida de ella era la vergüenza infantil que ambos habían sentido cuando sus abuelas les sacaban a bailar pasodobles en las fiestas de sus respectivos pueblos, a cientos de kilómetros el uno del otro. La de él que ambos habían empezado a saborear el marisco desde hacía poco, así cuando en un restaurante aparecía la oportunidad ambos se miraban indecisos antes de pedirlo. Cuando parecía que ya había demasiadas coincidencias, siempre aparecía otra que les hacía mirarse a los ojos mientras sonreían embobados. ¿Tendrá tantas cosas en común con su novia, la oficial? pensaba ella.

 Dentro de la sincronía diferían, por supuesto, en ciertas cosas. La primera era que el superhéroe favorito de él era Batman, “es un complejo masculino” decía “porque es el único superhéroe que puede serlo solamente por tener mucho dinero”. Ella, que en ese momento empezaba a ser cada vez más anticapitalista y también era, eso de toda la vida,  fantasiosa, creía que podía darse una circunstancia anormal como la picadura de una araña  y que te convirtieras en Spiderman  y poder recorrer ciudades de edificio en edificio.
La otra gran diferencia también tenía que ver con el dinero. Él era doctorando en Economía y ella se dedicaba, en cuerpo y alma, a la arqueología, que de dinero poco sabe, salvo que en una ocasión había encontrado en el interior de un silo una moneda ibérica partida por la mitad. Él que pasaba 10 horas al día en un departamento, salvo cuando ella iba a visitarle por sorpresa, pensando en sistemas sociales en torno a sistemas económicos, pensaba que todas las relaciones sociales tienen un componente económico intrínseco. Ella que, junto  con su anticapitalismo incipiente, empezaba a sentirse, correlativamente, cada vez más comunista, creía en una sociedad en la que el dinero fuese una necesidad mínima. Eran los únicos momentos en que discutían. Aunque él en el fondo era un anarquista dentro de un sistema del que creía no podemos salir.

 Sin embargo, a parte de la economía y los superhéroes, tenían una diferencia que marcaría toda su historia, siempre desde un discreto segundo plano, como decía el profesor de Arte Contemporáneo de ella. Él tenía un compromiso amoroso ¿o acomodado? con una mujer extranjera.  Ella, la tercera en discordia, nunca aparecía en las conversaciones “si algún día decido amarte legalmente a ti, no quiero que esté presente su fantasma” decía él. Como si el amor supiera de leyes, pensaba ella.

 Así, tras pasar un trimestre compartiendo comida en restaurantes, conversaciones, sonrisas y un par de veces, cuando no podían aguantar más, besos y sudores desnudos. Él decidió que no quería seguir con los asuntos ilegales. Viajó a ese país centro europeo, y no volvió nunca más.

lunes, 21 de enero de 2013

“So, I guess we are who we are for alot of reasons. And maybe we'll never know most of them. But even if we don't have the power to choose where we come from, we can still choose where we go from there. We can still do things. And we can try to feel okay about them.” 
― Stephen ChboskyThe Perks of Being a Wallflower



domingo, 13 de enero de 2013

Por más que nos pille el estúpido de tu marido.
Quiero bailar un slow with you tonight.

Y aunque enamorarme de ti me lo tengas prohibido.
Quiero bailar un slow with you tonight.

[Slowly. Luis Eduardo Aute]


La vida es impredecible. Nunca sabes cuándo unos versos van a cobrar más sentido que nunca.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Las palabras que son un puente roto
Las palabras que son la punta de una espada,
un cabo del silencio,
la costa del olvido.

Esas palabras.

Las palabras que anidan en nosotros,
nos convierten en cuevas,
en pantanos,
en cráteres:
yo soy el hombre oscuro,
soy la raíz del lobo;
tu eres la mujer ciega,
tumba de las palomas.

Las palabras que arden dentro del corazón.
Las palabras que son lo contrario del trigo.
Las palabras que dejan huevos en la herida,
dejan su hiel,
dejan su levadura.

Todas esas palabras.

Las palabras que entierran,
que talan,
que consumen.

Las palabras que borran los senderos.
Las palabras que brillan al fondo de los pozos.
Las palabras que son como una mordedura.

Todas
esas
palabras.
Todas esas palabras que hemos dicho,
que están alrededor,
que nos han atrapado.


Palabras, Iceberg - Benjamín Prado.

martes, 11 de diciembre de 2012

La soledad


La soledad es silenciosa. Tu Yo hablador se transforma en tu Yo pensador, aunque los que a menudo pensamos “en alto” corremos el riesgo de entrar en un monólogo continuo. ¿Tendrá esto algo que ver con una infancia sin hermanos en la que todos los personajes del juego son representados por la misma persona? Puede. La soledad son habitaciones vacías y una ducha que nunca suena a no ser que estés tú debajo. Es una cocina sin turnos para limpiar y un frigorífico con baldas sin nombre o sin baldas con nombre, depende de lo solitario que se sienta uno en el momento. Aunque es también casi una completa libertad, dejando al lado la obligación del monólogo. Es la desnudez que recorre la casa, a cualquier hora. Es Ray Charles resonando por todas las esquinas. Es cantar Il barbiere de Seviglia sin que nadie te oiga. Es un retrete siempre esperando las urgencias  y un sofá siempre libre a la hora de la siesta.